El blog bohemio

La intención de este blog es compartir con ustedes poemas de diversa índole y generar un espacio para el encuentro con la literatura, al mismo tiempo despertar esos sentimientos que todos guardamos y que nos hacen recordar a seres amados y que por alguna razón ya no están con nosotros.
Quiero mencionar que me apasiona la poesía; sin embargo, los poemas que en este blog presento tienen autor y que es digno reconocer su labor y esfuerzo.
Espero que disfruten, estos poemas de la misma manera que lo hago en el momento que los transcribo y los subo a la red pensando en los usuarios, a pesar de que las redes sociales nos mantienen cerca de nuestras amistades, el contacto humano, nos separa.

Un fuerte abrazo de Alma Delia


miércoles, 28 de septiembre de 2011

No digáis

No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira:
podrá no haber poetas ; pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso,
palpitan encedidas;
mientras el sol las desgarrradas nubes
de fuego y oro vista;
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías;
mientras haya en el mundo primavera
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista;
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a do camina;
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras sintamos que se alegra el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore sin que el llano acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan;
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que lo miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira;
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas;
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
Autor: Gustavo Adolfo Bécquer

El reto

Si porque a tus plantas ruedo
como un idiota rendido,
y una mirada te pido,
con temor, casi con miedo;
si porque ante tí me quedo estático
de emoción, piensas que mi corazón
se va mi pecho a romper.
Y que por siempre he de ser esclavo de mi pasión
¡te equivocas, te equivocas! fresco y fragante capullo,
yo quebrantaré tu orgullo como el minero a las rocas.
Si a la lucha me provocas, dispuesto estoy a luchar;
tu eres espuma, yo mar que en sus cóleras confía,
me haces llorar pero un día yo también te haré llorar.
Y entonces cuando rendida ofrezcas toda tu vida,
perdón pidiéndo a mis pies,
como mi cólera es infinita en sus excesos
¿Sabes tú lo que haría en esos momentos de magnición?
¡Arrancárte el corazón para comérmelo a besos!

Autor: Julio Flores

lunes, 26 de septiembre de 2011

Poema número veinte

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir por ejemplo: "La noche está estrellada,
tiritan azules los astros a lo lejos!
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso,
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo, sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella
y el verso cae al alma, como el pasto al rocío.
Que importa que mi amor, no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Autor: Pablo Neruda

El seminarista de los ojos negros

Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno,
por vidrio verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar el silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas puasados y austeros
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.

El solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello,
la mira muy fijo y con mirar intenso.

Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquélla mirada de sus ojos negros.

Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste rezando y cosiendo
una salmanita de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve a sólo uno de ellos,
su seminarista e los ojos negros.

Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que´pide aquél cuerpo
en vez de sotana marciales arreos.

Cuando ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: ¡Te quiero!, ¡Te quiero!
¡yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!

A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre salta del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos:
por la angosta calle pasa un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto,
pues cuatro llevaban a hombros el féretro,
con la bea roja encima cubierto,
y sobre la beca el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaba los clérigos;
los seminaristas iban en silencio,
siempre en dos filas hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo:
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo uno falta entre todos ellos:
el seminarista de los ojos negros.

Corrieron los años, pasó mucho tiempo...
Y allá en la ventana del cascucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
recuerda, recuerda triste, por las tardes
al seminarista de los ojos negros.

Autor: Miguel Ramos. C.

Las manos de mi madre

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,


tan de seda, tan de ella, tan blancas y bienhechoras.


¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,


las que todo prodigan y nada me reclaman!


¡Las que por aliviarme de lluvias y querellas,


me sacan las espinas y se las clavan ellas!




Para el ardor ingrato de recónditas penas,


no hay como la frescura de esas dos azucenas.


¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias


son dos milagros blancos apaciguando angustias!


Y cuando del destino me acosan las maldades,


son dos alas de paz sobre mis tempestades.




Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,


porque hacen en mi sombra me florezcan estrellas.


Para el dolor, caricias; para el pesar, unción;


¡Son las únicas manos que tienen corazón!


(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas;


aprended de blancuras en las manos maternas!




Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,


cuando tengo las alas de la ilusión caídas,


¡Las manos maternales aquí en mi pecho son


como dos alas quietas sobre mi corazón!


¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!


¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!




Autor: Alfredo Espino

Seguiré tus huellas


Quiero llegar a tu alma lentamente

como el rayo de sol, a tu ventana,

para secar las perlas dulcemente

que de tus ojos brotan de mañana.


Hace falta sellarlos con un beso

para evitar que caigan en casada

tus lágrimas que salen con exceso

de esos cielos, que guardan tu mirada.


No llores de dolor y sufrimiento

recordando tal vez, ya lo pasado,

rinde ante Dios, todo agradecimiento,

porque en tu soledad lo has encontrado.


Tu bien puedes subir, esa montaña

en busca de la gloria, que soñaste,

arranca del camino la cizaña

y olvídate, si ante el dolor lloraste.


Si la tormenta te llega a sorprender

y sientes en la altura, mucho miedo,

prende con fuerza, la llama de poder

y vuélvete a decir, yo siempre puedo.


No suspendas tu andar, por una herida,

ni recuerdes también, un desengaño,

lucha por disfrutar, toda una vida,

y olvida todo mal, pues te hace daño.


Sigue por la vereda y has camino

y vuela como el ave vencedora,

para llegar sonriente a tu destino

en busca de la luz, de nueva aurora.


Yo seguiré tus huellas, sin mirarme

como el ángel que siempre te ha cuidado,

no pretendo sin verte, regresarme,

porque quiero gritarte que has triunfado.


Allí, cerca del cielo cantaremos

recital de canciones, todas bellas,

como regalo del Señor tendremos

hermosa noche de fulgor de estrellas.