El blog bohemio

La intención de este blog es compartir con ustedes poemas de diversa índole y generar un espacio para el encuentro con la literatura, al mismo tiempo despertar esos sentimientos que todos guardamos y que nos hacen recordar a seres amados y que por alguna razón ya no están con nosotros.
Quiero mencionar que me apasiona la poesía; sin embargo, los poemas que en este blog presento tienen autor y que es digno reconocer su labor y esfuerzo.
Espero que disfruten, estos poemas de la misma manera que lo hago en el momento que los transcribo y los subo a la red pensando en los usuarios, a pesar de que las redes sociales nos mantienen cerca de nuestras amistades, el contacto humano, nos separa.

Un fuerte abrazo de Alma Delia


lunes, 26 de septiembre de 2011

El seminarista de los ojos negros

Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno,
por vidrio verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar el silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas puasados y austeros
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.

El solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello,
la mira muy fijo y con mirar intenso.

Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquélla mirada de sus ojos negros.

Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste rezando y cosiendo
una salmanita de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve a sólo uno de ellos,
su seminarista e los ojos negros.

Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que´pide aquél cuerpo
en vez de sotana marciales arreos.

Cuando ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: ¡Te quiero!, ¡Te quiero!
¡yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!

A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre salta del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos:
por la angosta calle pasa un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto,
pues cuatro llevaban a hombros el féretro,
con la bea roja encima cubierto,
y sobre la beca el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaba los clérigos;
los seminaristas iban en silencio,
siempre en dos filas hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo:
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo uno falta entre todos ellos:
el seminarista de los ojos negros.

Corrieron los años, pasó mucho tiempo...
Y allá en la ventana del cascucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
recuerda, recuerda triste, por las tardes
al seminarista de los ojos negros.

Autor: Miguel Ramos. C.

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